Pedro Luis
Llevo a Cherna al Submarino porque dice no acordarse de haber entrado alguna vez. También porque él se encuentra de pícher y yo de cácher. Ha lanzado en La Loma las medio muertas; con este calorón – dice él- no se mantienen frías por mucho tiempo.
Nos corren de la primera estación y llego al Sub con intención de ser una especie de guía interpretativo y platicarle a Cherna del mural “Heredarás el Submarino”, obra de Gutemberg Rivero que le da vida a uno de los locales de la alegría más veteranos de Villahermosa. Presumo que conocí al artista y una vez tuve el descaro de pedirle una colaboración para un proyecto… Pero te estas proyectando mucho, me dice Cherna. Tiene razón, así que bajo de mi proyección y sigo con el mural, hablo de los personajes que han vivido y bebido en este lugar y ahora se encuentran inmortalizados en el mural de la pared izquierda, algunos viven todavía.
Sin embargo Cherna no me escucha, me interrumpe para caer en sus demonios de plástico, Necesita sacarlo y me cuenta de su pleito con la Comisión Federal de Electricidad; ellos lo matan de calor. No ha podido instalar un mini split que compró desde noviembre porque su medidor es de 110 y necesita uno de 220. Ésta es la hora que la Comisión no se lo cambia. Para aprovechar el bulto, el mini split, empaquetado y en su caja, fue utilizado por la señora madre de Cherna para instalar el tradicional nacimiento en diciembre pasado. Ha llegado mayo y sus calores y Cherna desespera, suda a mares, grita y patalea porque su cuarto sigue caliente.
Para salvar la plática que va de caída llega Rogelio religiosamente después de media noche. Pedimos un vaso y le invitamos de nuestro abrevadero que igual suda en el centro de la mesa. Unos brindis y un nuevo berrinche del Cherna, ladra de nuevo, se percata que no venden la marca de cerveza que a él le gusta. Rogelio aprovecha un silencio y nos muestra unos dibujos en los que trabaja. En unas hojas de papel bond que por lo visto fueron arrancadas de una libreta muy golpeada se encuentran unos desnudos eróticos, una pareja en su retozar después o durante el encuentro amoroso. Una sábana a cuadros se repite en toda la serie y una armónica juega en las posiciones de la pareja; un guiño del autor que gusta de blues en las esquinas e instrumentos de viento. Mientras observo hoja por hoja voy buscando donde anda la armónica, ¿estará en el suelo mientras la pareja juega? ¿La habrá colocado en la mano de él, en la de ella? Las últimas hojas sólo tienen a la pareja en posiciones sexuales; no sé si es apenas un boceto o el autor intenta que al final del juego de seducción aparezca solamente el “fin del secreto”, “la muerte chiquita”, que sólo importe los cuerpos, el vuelo final donde ya no importan armónicas, sábanas a cuadros, almohadas o catre. Sólo los cuerpos y el vacío.
En otro de esos silencios, Rogelio aprovecha una vez más y saca a relucir La Última Cena del maestro Gut. Cherna como no ve bien y no escucha lo que le dicen cuando está encabritado no le interesa la conversación. La Última Cena de Gutemberg Rivero que, como el mural, puede ser apreciada en el mítico restaurante-bar El Submarino, se trata de una última cena que acaba en parranda. Se puede ver a los discípulos agarrando el pedo y como típicos borrachos mexicanos, abrazados unos de otros, se van a seguirla a otra parte. En la mesa quedan botellas de vino y de cerveza mexicana. Al fondo en un cerro, se ve a su maestro en lontananza, con rumbo a la oración y a la espera de su destino. Sus discípulos se han emborrachado e intentan calmar sus penas con más vino y cerveza, quizás la van seguir a un lugar como El Submarino. Rogelio platica de todo esto y concluye que es una obra chingona. Estamos de acuerdo que sería interesante abordar ese tema de las últimas cenas que artistas en diferentes épocas y lugares han creado, de Leonardo a Dalí, de Gutemberg Rivero a David LaChapelle. La conversación olvida a la caguama que se calienta en medio de la mesa. Al probarla de nuevo, Cherna ya no está con nosotros, ha huido buscando nuevos refugios donde ladrar. Rogelio dice que la cerveza sabe horrible caliente, tiene razón; pienso en los admirados grecorromanos, cómo se atrevieron a beberla así. Supongo que nunca vivieron a cuarenta grados a la sombra. Rogelio y yo nos despedimos afuera del submarino, media hora antes de que cierren la escotilla.
Llevo a Cherna al Submarino porque dice no acordarse de haber entrado alguna vez. También porque él se encuentra de pícher y yo de cácher. Ha lanzado en La Loma las medio muertas; con este calorón – dice él- no se mantienen frías por mucho tiempo.
Nos corren de la primera estación y llego al Sub con intención de ser una especie de guía interpretativo y platicarle a Cherna del mural “Heredarás el Submarino”, obra de Gutemberg Rivero que le da vida a uno de los locales de la alegría más veteranos de Villahermosa. Presumo que conocí al artista y una vez tuve el descaro de pedirle una colaboración para un proyecto… Pero te estas proyectando mucho, me dice Cherna. Tiene razón, así que bajo de mi proyección y sigo con el mural, hablo de los personajes que han vivido y bebido en este lugar y ahora se encuentran inmortalizados en el mural de la pared izquierda, algunos viven todavía.
Sin embargo Cherna no me escucha, me interrumpe para caer en sus demonios de plástico, Necesita sacarlo y me cuenta de su pleito con la Comisión Federal de Electricidad; ellos lo matan de calor. No ha podido instalar un mini split que compró desde noviembre porque su medidor es de 110 y necesita uno de 220. Ésta es la hora que la Comisión no se lo cambia. Para aprovechar el bulto, el mini split, empaquetado y en su caja, fue utilizado por la señora madre de Cherna para instalar el tradicional nacimiento en diciembre pasado. Ha llegado mayo y sus calores y Cherna desespera, suda a mares, grita y patalea porque su cuarto sigue caliente.
Para salvar la plática que va de caída llega Rogelio religiosamente después de media noche. Pedimos un vaso y le invitamos de nuestro abrevadero que igual suda en el centro de la mesa. Unos brindis y un nuevo berrinche del Cherna, ladra de nuevo, se percata que no venden la marca de cerveza que a él le gusta. Rogelio aprovecha un silencio y nos muestra unos dibujos en los que trabaja. En unas hojas de papel bond que por lo visto fueron arrancadas de una libreta muy golpeada se encuentran unos desnudos eróticos, una pareja en su retozar después o durante el encuentro amoroso. Una sábana a cuadros se repite en toda la serie y una armónica juega en las posiciones de la pareja; un guiño del autor que gusta de blues en las esquinas e instrumentos de viento. Mientras observo hoja por hoja voy buscando donde anda la armónica, ¿estará en el suelo mientras la pareja juega? ¿La habrá colocado en la mano de él, en la de ella? Las últimas hojas sólo tienen a la pareja en posiciones sexuales; no sé si es apenas un boceto o el autor intenta que al final del juego de seducción aparezca solamente el “fin del secreto”, “la muerte chiquita”, que sólo importe los cuerpos, el vuelo final donde ya no importan armónicas, sábanas a cuadros, almohadas o catre. Sólo los cuerpos y el vacío.
En otro de esos silencios, Rogelio aprovecha una vez más y saca a relucir La Última Cena del maestro Gut. Cherna como no ve bien y no escucha lo que le dicen cuando está encabritado no le interesa la conversación. La Última Cena de Gutemberg Rivero que, como el mural, puede ser apreciada en el mítico restaurante-bar El Submarino, se trata de una última cena que acaba en parranda. Se puede ver a los discípulos agarrando el pedo y como típicos borrachos mexicanos, abrazados unos de otros, se van a seguirla a otra parte. En la mesa quedan botellas de vino y de cerveza mexicana. Al fondo en un cerro, se ve a su maestro en lontananza, con rumbo a la oración y a la espera de su destino. Sus discípulos se han emborrachado e intentan calmar sus penas con más vino y cerveza, quizás la van seguir a un lugar como El Submarino. Rogelio platica de todo esto y concluye que es una obra chingona. Estamos de acuerdo que sería interesante abordar ese tema de las últimas cenas que artistas en diferentes épocas y lugares han creado, de Leonardo a Dalí, de Gutemberg Rivero a David LaChapelle. La conversación olvida a la caguama que se calienta en medio de la mesa. Al probarla de nuevo, Cherna ya no está con nosotros, ha huido buscando nuevos refugios donde ladrar. Rogelio dice que la cerveza sabe horrible caliente, tiene razón; pienso en los admirados grecorromanos, cómo se atrevieron a beberla así. Supongo que nunca vivieron a cuarenta grados a la sombra. Rogelio y yo nos despedimos afuera del submarino, media hora antes de que cierren la escotilla.

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