lunes, 16 de junio de 2008

El periodismo: La necesidad de contar

Gamaliel Sánchez Salinas

En las iglesias publican una hojita con sus mensajes retardatarios. Hoja parroquial la llaman. Deberías hacerlo así, no te saldrá caro…
Agradecí aquella sugerencia de mi amigo Roque Villalba. Iniciaban los noventas. Profesor novel, trabajaba yo en Comalcalco y había osado enfrentar al cacicazgo sindical de mi zona escolar, participando en una planilla en contra de la línea. El aparato, bien aceitado, nos aplastó en aquella elección. Compañeros, con carteras claves en nuestra planilla, el día de la votación aparecieron orgullosos en la otra o simplemente no llegaron.
Los triunfadores, vengativos, prometían “jodernos”. De los veintitantos que conformamos la planilla opositora, de ciento veinte que integrábamos la delegación, solo quedamos cinco. Algo teníamos que hacer para evitar las represalias y pensamos en una publicación. Con la propuesta de Villalba y el modelo de la revista infantil (Luciérnaga), que publicaban en otra zona, iniciamos “La Gaceta Magisterial”.

Recuerdo que en la presentación del primer número citábamos a Ricardo Masseti, fundador de Prensa Latina, cuando decíamos que no seriamos imparciales porque no se puede ser neutro entre el bien y el mal. Elaborada de manera artesanal (el mimeógrafo era básico) y sobre la premisa Kalimaniana, la mejor defensa es el ataque, La Gaceta salió con una circulación marginal, la zona escolar era su espacio. En aquella modesta revista hicimos patente nuestro desacuerdo a la manera corrupta y antidemocrática del quehacer sindical.
Timoratos primero, sueltos y atrevidos después, nuestro radio de influencia fue creciendo hasta las demás zonas del municipio. Pronto, los compañeros se acercaban a nosotros para confiarnos alguna injusticia o acto de corrupción en sus centros de trabajo, con la intención de que fueran publicadas. Las aportaciones solidarias en papel, tintas o económicas comenzaron a llegar. Nuestra revista iba creciendo y con ella nuestro compromiso.
Una mañana, encontré en el autobús a quien fuera mi maestro de educación artística en la secundaria. Yo iba a mi escuela, a Comalcalco, él, según me dijo, a reportear a Nacajuca. Hacía tiempo que había dejado las aulas para ingresar a las filas de la infantería periodística. Orgulloso, le di un ejemplar de La Gaceta. Días después mis compañeros me mostraban alborozados el ejemplar de un diario, La Verdad del Sureste, donde la portada de nuestra revista había sido reproducida con cometarios positivos. Mi antiguo profesor era el culpable.
Habilitados como reporteros, articulistas, ilustradores, distribuidores e impresores… mis compañeros y yo andábamos en la búsqueda del aprendizaje imitativo. Copiábamos de las revistas hechas por profesionales no siempre con buenos resultados., pero siempre, o casi siempre, con buenas intenciones.
--Maestro, necesito una caricatura para La Gaceta. Dígame quien puede hacerla y como cuánto me costaría…
--Habla con el maestro Gut, ponte de acuerdo con él…
Marcó el número del caricaturista y me pasó el auricular. El maestro Gut, con voz fría, desconfiado, preguntó por el patrocinador de la revista. Cuando le dije que no había tal, que un grupo de profesores hacíamos la cooperacha, percibí su risa socarrona. Acordamos precio y quedé de ir a su taller. Ahí entendí que el periodismo militante que intentábamos hacer distaba mucho del periodismo “normal” (No digas que eres periodista, me decía Roque Villalba, porque todos te tendrán desconfianza). Pero también creía que los ejercicios de periodismo militante que hasta entonces habían intentado algunos compañeros, se quedaban en lo panfletario y lo faccioso. No era nuestro caso, o no queríamos que fuera nuestro caso y hacíamos esfuerzos para ello.
Fue también mi maestro de educación artística quien me puso en contacto con otros colegas suyos. En la cantina de la calle Puerto Escondido me presentó a Rogelio Urrusti que, generoso, me ofreció sus caricaturas sin cuestionamientos de por medio. Y no recuerdo en que otro lugar, seguro estoy que no fue una iglesia, conocí a Luís Enrique Martínez que en un gesto desprendido ese mismo día me obsequió un libro de narradores en Tabasco publicado por la UJAT. Mudo testigo fui, del debate de los periodistas por el desnudamiento que un columnista, del diario donde laboraba mi maestro, hacía de los informadores. Entre bomberos no nos debemos pisar la manguera, parecían decir y le pedían interviniera. Estaba yo conociendo al periodismo que teníamos/tenemos.
En el proceso de crecimiento de nuestra revista, invité a los profesionales conocidos a colaborar. Munificentes accedieron y de igual manera brindaron espacios en los medios donde trabajaban. Como corolario obtuvimos el reconocimiento de los compañeros y el respeto de los burócratas sindicales, que no era el fin primero, es cierto, pero de alguna manera se demostró que éste (formar opinión) se conseguía entre los trabajadores de la educación.
Nada nos hacían los charros sindicales, que a falta de elementos de discusión apelaban al insulto, a la diatriba y hasta a la agresión.
Después de más de diez años de vida, La Gaceta Magisterial cumplió su ciclo, pero dejó en nosotros la impronta del escribidor que se resiste a no escribir lo que sucede, a no contar lo que acontece, con esa parcialidad de la que hablaba Masseti, pues no se puede ser imparcial entre el bien y el mal.
Esa es la causa primera por la que hoy participo en Pioresnada.

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