¡Dubidú dubidú; dubidubi dubidubi dubidú!
Teodosio García Ruiz
Los amigos se forjan en la niñez y en los trabajos recreativos, formativos o de cualquier índole donde uno pase mucho tiempo en tareas que pueden ser agradables o infelices. Siempre se recuerdan con avidez porque evocan las álgidas aventuras cándidas u osadas de la maravillosa adolescencia; siempre se recuerdan porque tuvieron hermanas o madres insólitas que acompañaron sueños húmedos o charlas sórdidas en las esquinas de un barrio.
Pero encontrar amigos en la edad adulta es verdaderamente un hallazgo. Lo digo porque Alberto Zentella Rodríguez “El cuba”, es mi amigo desde hace sólo algunos años, y no hemos compartido juergas viejeriles, intercambio de parejas (es mocho), cantinas o estancia de estudios académicos. Hemos compartido, eso sí, pláticas intensas y extensas sobre la política estatal e internacional (le fascina la biografía homonímica del embajador norteamericano Negroponte)
Lo poco que de él sé está en un librito de memorias apresuradas que escribió para no morir de inanición cultural hace algunos años que estuvo sin ingresos económicos y quedó huérfano.
Su conocimiento de las cosas es vasto y largo; denso y trágico, así como la inexperiencia y sabiduría de la química orgánica, la literatura y la teoría del arte. Es especialista en cazar mojarras sin señuelo, moscas sin trampas y dinosaurios sin sueños. En ocasiones sorprende con sus frases del readerdigest y la impronta popular que los años dan a los caballeros sin rocines con motor en proa o en popa según sus estados de tránsito vehicular. Me sorprende su sabia matriz de concejal viejo en alguna comunidad típica de la raza de bronce; su conocimiento del mundo y su maña o estrategia para estar con y en el mundo.
Fue hijo único, mimado, sin ribetes maricas como ocurre a veces con esos chiquillos consentidos que se vuelven homos o engreídos de poder y megalomanía. Su formación musical en los ambientes populares de su natal Nacajuca le brindaron a su espíritu indomable (¿ni la naturaleza puede con los negros!) un caudal de lenguajes onomatopéyicos, visuales, olfativos y táctiles, de tal modo que en los viajes que realizaba en barquitos y vapores (como si hubiesen existido muchos) engrandecieron su cultura.
Como todo adolescente común y corriente (somos amigos) pudo haber vendido chicle, lavado baños, limpiado parabrisas, vender periódicos, hacer mandados, lavar caballos y otras linduras de la época difusa de su negra historia; se sabe que estudió en el Instituto Juárez una carrera técnica que no se llamaba así sino topografía o el arte de medir terrenos y checar orografías, lomas u ondonadas. Como un vulgar estudiante del Instituto Juárez (lo de vulgar no es por el Instituto), le pusieron portachiches al noble Juchimán, y creemos que también bigotes.
No sabemos por qué su afición a componer canciones si siendo un músico popular pudo tocar marimbas, tumbas, baterías, bandoneones, flautitas, tamborcitos o pititos de su comunidad indígena. Le dio por estar acorde a su tiempo y los boleros que venían de lustros atrás a los setentas le nutrieron el alma. Compuso “El puente”, “La otra vez que la vi iba llorando”, entre otras que dicen los que las oyeron hacían llorar a raudales o ponernos en desasosiego amoroso.
En su tiempo y espacio de fama y esplendor, nuestro amigo no conocía a nadie porque como ustedes saben, lectores míos, así ocurre con estas gentes que el cielo reclama y después excluye; iba él por las calles vestido de blanco con zapatos blancos, calcetines blancos, guayabera blanca, mirada fiera (blanca), y todo el cielo musitaba como en susurros o en musita (¿) que allí iba él. No pues.
Hoy que estamos ya dentro de las peregrinaciones memoriosas del tercer milenio y miramos como en la otra acera se dispersan los recuerdos que no vivimos o tratamos de reconstruir con informaciones incompletas, tendenciosas o vagas, quiero enfatizar que paralela a la vida de Alberto Zentella Rodríguez, está la historia de la ciudad de Villahermosa, la urbanización pueblerina (hoy desfasada), los sexenios gloriosos de gobernadores iconoclastas que apoyaron al Cuba; y sobre todo, un tufo lejano y rancio de sentimentalismo en dos o tres boleros que le dieron a nuestro amigo la notoriedad y el reconocimiento de los músicos.
Me congratulo con el chulo Catulo del pequeño Larousse en el sentido de que honrar honra; si no, que Chico Ché me lo demande y que en próximas andanadas de recuerdos Alberto Zentella y todos los amigos de su generación cantemos a coro: ¡Dubidú dubidú; dubidubi dubidubi dubidú!
Teodosio García Ruiz
Los amigos se forjan en la niñez y en los trabajos recreativos, formativos o de cualquier índole donde uno pase mucho tiempo en tareas que pueden ser agradables o infelices. Siempre se recuerdan con avidez porque evocan las álgidas aventuras cándidas u osadas de la maravillosa adolescencia; siempre se recuerdan porque tuvieron hermanas o madres insólitas que acompañaron sueños húmedos o charlas sórdidas en las esquinas de un barrio.
Pero encontrar amigos en la edad adulta es verdaderamente un hallazgo. Lo digo porque Alberto Zentella Rodríguez “El cuba”, es mi amigo desde hace sólo algunos años, y no hemos compartido juergas viejeriles, intercambio de parejas (es mocho), cantinas o estancia de estudios académicos. Hemos compartido, eso sí, pláticas intensas y extensas sobre la política estatal e internacional (le fascina la biografía homonímica del embajador norteamericano Negroponte)
Lo poco que de él sé está en un librito de memorias apresuradas que escribió para no morir de inanición cultural hace algunos años que estuvo sin ingresos económicos y quedó huérfano.
Su conocimiento de las cosas es vasto y largo; denso y trágico, así como la inexperiencia y sabiduría de la química orgánica, la literatura y la teoría del arte. Es especialista en cazar mojarras sin señuelo, moscas sin trampas y dinosaurios sin sueños. En ocasiones sorprende con sus frases del readerdigest y la impronta popular que los años dan a los caballeros sin rocines con motor en proa o en popa según sus estados de tránsito vehicular. Me sorprende su sabia matriz de concejal viejo en alguna comunidad típica de la raza de bronce; su conocimiento del mundo y su maña o estrategia para estar con y en el mundo.
Fue hijo único, mimado, sin ribetes maricas como ocurre a veces con esos chiquillos consentidos que se vuelven homos o engreídos de poder y megalomanía. Su formación musical en los ambientes populares de su natal Nacajuca le brindaron a su espíritu indomable (¿ni la naturaleza puede con los negros!) un caudal de lenguajes onomatopéyicos, visuales, olfativos y táctiles, de tal modo que en los viajes que realizaba en barquitos y vapores (como si hubiesen existido muchos) engrandecieron su cultura.
Como todo adolescente común y corriente (somos amigos) pudo haber vendido chicle, lavado baños, limpiado parabrisas, vender periódicos, hacer mandados, lavar caballos y otras linduras de la época difusa de su negra historia; se sabe que estudió en el Instituto Juárez una carrera técnica que no se llamaba así sino topografía o el arte de medir terrenos y checar orografías, lomas u ondonadas. Como un vulgar estudiante del Instituto Juárez (lo de vulgar no es por el Instituto), le pusieron portachiches al noble Juchimán, y creemos que también bigotes.
No sabemos por qué su afición a componer canciones si siendo un músico popular pudo tocar marimbas, tumbas, baterías, bandoneones, flautitas, tamborcitos o pititos de su comunidad indígena. Le dio por estar acorde a su tiempo y los boleros que venían de lustros atrás a los setentas le nutrieron el alma. Compuso “El puente”, “La otra vez que la vi iba llorando”, entre otras que dicen los que las oyeron hacían llorar a raudales o ponernos en desasosiego amoroso.
En su tiempo y espacio de fama y esplendor, nuestro amigo no conocía a nadie porque como ustedes saben, lectores míos, así ocurre con estas gentes que el cielo reclama y después excluye; iba él por las calles vestido de blanco con zapatos blancos, calcetines blancos, guayabera blanca, mirada fiera (blanca), y todo el cielo musitaba como en susurros o en musita (¿) que allí iba él. No pues.
Hoy que estamos ya dentro de las peregrinaciones memoriosas del tercer milenio y miramos como en la otra acera se dispersan los recuerdos que no vivimos o tratamos de reconstruir con informaciones incompletas, tendenciosas o vagas, quiero enfatizar que paralela a la vida de Alberto Zentella Rodríguez, está la historia de la ciudad de Villahermosa, la urbanización pueblerina (hoy desfasada), los sexenios gloriosos de gobernadores iconoclastas que apoyaron al Cuba; y sobre todo, un tufo lejano y rancio de sentimentalismo en dos o tres boleros que le dieron a nuestro amigo la notoriedad y el reconocimiento de los músicos.
Me congratulo con el chulo Catulo del pequeño Larousse en el sentido de que honrar honra; si no, que Chico Ché me lo demande y que en próximas andanadas de recuerdos Alberto Zentella y todos los amigos de su generación cantemos a coro: ¡Dubidú dubidú; dubidubi dubidubi dubidú!


No hay comentarios:
Publicar un comentario